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La tortuga de Zenón

El bien, ¿placer o inteligencia?

l. - El Sumo Bien

La ética de Platón es eudemonista, en el sentido de que está enfocada al logro, del supremo bien del hombre, en la posesión del cual consiste la felicidad verdadera. El bien supremo del hombre se puede decir que es el desarrollo auténtico de su personalidad como ser racional y moral, el recto cultivo de su alma, el bienestar general y armonioso de su vida. Cuando el alma de un hombre se halla en el estado en que debe hallarse, entonces ese hombre es feliz. Al comienzo del Filebo, Protarco y Sócrates adoptan, causa argumenti, dos posiciones extremas: aunque los dos reconocen que el bien ha de consistir en un estado del alma, Protarco se dispone a mantener que la esencia del bien es el placer, mientras que Sócrates la cifrará en la sabiduría. Procede Sócrates a demostrar que el placer, como tal, no puede ser el único y verdadero bien humano, puesto que una vida de puro placer (entiéndase de placer corporal), en la que no tuviesen parte alguna el espíritu, ni la memoria, ni el conocimiento, ni la opinión verdadera, "sería, no una vida humana, sino la vida de un pulmo marinus o la de una ostra". Ni el mismo Protarco puede concebir tal vida como deseable para un ser humano. Por otra parte, una vida "de puro espíritu", que careciese en absoluto de placeres corporales, no podría ser el único bien del hombre, aunque el entendimiento sea la parte más excelsa de la naturaleza humana y aunque la actividad intelectual (especialmente la contemplación de las Formas) sea la más alta función del hombre; pues el hombre no es puro intelecto. Por lo tanto, la vida buena para el hombre deberá ser una vida "mixta": ni exclusivamente espiritual, ni - tampoco exclusivamente de placeres sensibles. Así, pues, Platón está dispuesto a admitir los placeres que no van precedidos por el dolor, por ejemplo, los placeres intelectuales, pero también aquellos placeres que consisten en la satisfacción del deseo, con tal que sean inocentes y se goce de ellos con mesura. Lo mismo que la miel y el agua se han de mezclar en debida proporción para que resulte una bebida grata al paladar, de igual modo el sentimiento agradable y la actividad intelectual deben mezclarse en justa proporción para hacer buena la vida del hombre.

Federick Copleston. Historia de la Filosofía. Vol. I

Para una visión "actual" y cristiana de la ética platónica de la templanza:http://www.arvo.net/includes/documento.php?IdDoc=9066&IdSec=1060
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